El primer día de clase fue espantoso. Recuerdo que eran las
seis de la mañana y estaba listo para dirigirme a la estación de camiones. Traía
el uniforme puesto: pantalón de vestir, camisa blanca, suéter rojo y corbata
azul. Cuando aún no abría la puerta de
mi casa escuché decir a mi madre “Espera, yo te acompaño”. La propuesta de mi madre
no me pareció mal y acepté sin reproches que me acompañara.
Eran las seis de la mañana cuando tomamos el camión para
dirigirnos a la secundaria. Durante el recorrido observé que no había ningún estudiante hombre acompañado de
su madre. En ese momento no le di importancia.
Cuando llegamos a la escuela me despedí de mi mamá con un
abrazo fuerte. En la despedida mi madre me dijo “No te metas en problemas y te
cuidas mucho”. Después de escuchar a mi madre me dirigí a la puerta a ver las
listas de alumnos de nuevo ingreso. Busqué mi nombre y me desplacé al salón
indicado en listas.
Mientras iba caminando por el patio principal hacia mi salón observé
cómo los alumnos, que ya se conocían, se insultaban y se golpeaban unos a
otros.
Al momento de entrar no vi a nadie conocido. Todos estaban platicando
y parecía que no habían notado mi llegada, ya que todos siguieron en su relajo.
Al ver que nadie se fijaba en mí lo primero que hice fue
sentarme en la butaca que estaba en frente. Mientras esperaba sentado a que
llegara el profesor, escuché cómo a manera de burla un niño le decía a su
compañero “Mi mama me trajo para que no me fuera a perder”.
Me apeno escuchar su burla una y otra vez: aproximadamente
ocho minutos.
Al fin vi a una persona mayor de edad entrar al salón, y
anunciar: “Niños, tomen un lugar y permanezcan callados mientras paso
asistencia”.
Las clases iban a dar comienzo. Como era de esperarse de las
primeras clases del semestre, en todas las clases nos la pasamos presentándonos
y diciendo algunos gustos individuales.
El receso llegó y…
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